A LA OBRA DEL ESCULTOR BOREGAN

Palpita en bronce azul el músculo dormido,
después de los momentos de amor en alabastro,
gira la roca viva como un marmóreo astro
y el cincel crea forma de lo desconocido.

Ávidamente el ojo, por la pasión herido,
penetra hasta el enigma, y un encendido rastro
va dejando en la piedra, hasta hacerla catastro
universal y pleno de todo indefinido.

Duendes en movimiento arañan la ternura
rompiendo el equilibrio del bailarín sonoro,
esperpéntico el miedo, por el taller pasea.

Un arlequín en hierro se quiebra la cintura
ante la colombina ausente de decoro
y el deseo se trueca en mineral idea.

Soledad Santamaría
- escritora -